Filosofía en los límites

Revista de Filosofía

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El mal del filósofo

El mal del filósofo 

"No podría encontrar lo que busco en un libro, aún menos ponerlo. Tengo miedo de buscar la poesía. La poesía es una flecha lanzada: si he apuntado bien, lo que cuenta –que quiero- no es ni la flecha ni el blanco, sino el momento en que la flecha se pierde, se disuelve en el aire de la noche: Hasta la memoria de la flecha se pierde."

G. Bataille, El culpable

 “La filosofía no es algo que pueda aprenderse,por el simple hecho de que no se ha dado todavía”

I. Kant, Logik

 Los filósofos no son la filosofía. Si el filósofo quisiera de veras encontrar la verdad, se dejaría sacrificar como un animal. Esta sería su única profesión.

 

IMPERIALISMO ESTÉTICO

 El filósofo en su profesión, en su quehacer, muestra su ser víctima de una privación, como aquel que acarrea un lastre. Causa: haber sucumbido al vértigo del enigma y olvidar la materia, el símbolo y el vivir en beneficio del arte, lo universal, la propaganda de fantasmas, la academia y el reconocimiento. 

 Esa carencia está directamente relacionada con una pérdida en el lenguaje. Se podría decir, para comenzar, que al desaparecer la práctica del olvido de sí como consagración de lo cotidiano y junto con ella, “el lenguaje de los jinetes, cazadores, campesinos, soldados y marineros”, como nos recordaría Jünger, tendría lugar un incremento por la esfera de la técnica que ya ha producido su catástrofe en lo social, pero también hace ya tiempo que es claro en el quehacer del filósofo; resentido por esa desaparición. La desaparición de una reserva ontológica que jamás cayó en el erotismo de lo histórico.

Aquel peso que no siempre retiene, sino que en ocasiones propulsa, encuentra su ascendencia en el momento en que Estética y Filosofía del Arte se apoderan y adueñan de toda artesanía filosófica. O lo que es lo mismo, cuando la magia de los sonidos y los ritmos ya no importa. En efecto, tal modo de proceder se alza como algo que (siendo ineludible en su versión más material y salvaje para cualquier animal humano, como son el dolor y la duda) surge del promontorio de la abstracción y del puro revestimiento de una sensibilidad separada. De la transmisión formativa en y desde lugares bien cómodos, anclados a textos y libros bien cómodos.

En nuestra actualidad, el progressus de la subjetivización estética conectado con el destino de la técnica, han exterminado lo que de antiguo permanecía en el habitar de aquellos que denominamos filósofos y en aquello que denominamos su profesión. Una veloz operación que consiste en el paso de creer en los vestigios de las estrellas a creer en las señales de los libros y los artículos. También en los museos y en los periódicos. Pensemos en aquel empobrecimiento del lenguaje que el clero lograra con el monopolio de las lenguas clásicas. Una reducción que no sólo atañe a la faz cualitativa de la cuestión en beneficio de la cuantitativa.

Acaso, si el filósofo viviese tal condición como una condena, los resultados de lo que consideramos su profesión, serían de una utilidad bien distinta a eso que la reciente Historia de la Filosofía nos proporciona. La sugerencia, como almas tan cuajadas fisiológicamente por tal privación, de que el golpe de gracia para la culminación de este movimiento tiene lugar en el momento en que la filosofía deviene Estética, se ve fundamentada (entre otras razones, como su antinomia constitutiva), en que hace ya tiempo que no nos encontramos con un acercamiento filosófico a los materiales que nos haga temblar, que nos transforme como lectores, que nos haga dejar de ser los mismos.

Este acontecimiento, que podríamos ubicar históricamente en el siglo XIX, (por no decir, junto con Ioan P. Culianu, que la caída empieza en el Renacimiento) otorga un sesgo terrible al problema que aquí sugerimos porque, lo que logra el esteta idealista, es hacer un imperio de un modo concreto de tratar las ideas y los afectos y la materia: la soberanía de la filosofía del arte, la soberanía de las filosofías estéticas como la culminación del proceso cultural del ser humano. La infinitud de la belleza!

 

UN REALISMO ANTIGUO QUE RECUPERA EL SENTIDO

 La suma de idealismo, estética y subjetividad –quizá habría que cuestionar algunas interpretaciones totalitarias en relación con el contenido estético de la Crítica del juicio de Kant- permite al profesional de la filosofía una atalaya, una distancia confortable con el enigma eterno de las fuentes, con la provisión ontológica de la tierra. Lo que colabora, en gran medida, a que la filosofía ceda legitimidad al automatismo de la ciencia y pase a convertirse en su ‘saber’ adjetivo, como un bello escolio a la soberanía y la verdad del discurso positivista, técnico y universal. Digamos que esta tiranía de lo estético es uno de los productos más acabados de la voluntad humana convertida en afán de verdad. Por tanto, realismo ingenuo por una parte, y subjetivismo estético por la otra, son las recaladas más propias de la profesión del filósofo. (Habría que desarrollar en otro lugar la historia y efectos de los concordatos entre estos dos paradigmas tan entrelazados en nuestro presente).

Víctima de la pérdida de lo atrasado, del sentido –por mucha posmodernidad que haya- y, sobre todo, indiferente al arsenal ontológico que supone todo aquello que subsiste al paso del tiempo. A lo que expulsará a la nada de su caverna. Al tiempo que no percibe su equívoco al encontrar tan inhumano todo lo colectivo, tan banal, tan sujeto de análisis, tan desprendido de la materia de su cotidianidad, de los poderes malignos de lo no elegido.

Pero, ¿qué ocurre con ese camino por hacer?, el que no depende filialmente de un realismo moderno, tan ingenuo que cree firmemente en el igualitarismo tecnológico para salvar lo político. ¿Qué ocurre con la magia, la honestidad y la humildad? El arte por el arte es una estupidez. Y la filosofía por la filosofía también lo es. Filósofos-médicos: “Flojos como artistas, fuertes en la baraúnda” (Jünger, de nuevo)

De todos los males que aquejan al filósofo, como el estar arrollado en el trato con lo abstracto, el de la condena a instalarse en la enseñanza, el de sentirse reo de la crítica, el de encontrarse verdaderamente seductor, &c.; acaso el mayor de todos ellos sea el de su imposibilidad para vivir como piensa y para vivir cómo piensa. Su distancia de la materia es proporcional a su distancia de sí. Es decir, el mal del filósofo es su imposibilidad para amar. Para afirmar su error, el error de haber escogido habitar en el tener lugar radical del entre las cosas y los conceptos… y qué de los sonidos? Y qué de la voz? Y qué de la muerte? Su confianza plena en la voluntad. Una voluntad que domina y una ficción que le ha hecho olvidar el Símbolo. El filósofo nunca ha vivido como un salvaje. Y si me refiero al presente, es grave que tras todos los improperios que Nietzsche ha lanzado sobre esa especie de hombre sin oficio, todavía tras el arrogante siglo XX y toda su proliferación de filosofías lucidísimas y pagadas de sí, los filósofos no hayan sucumbido a la exposición y la vergüenza.

 

PROFESIÓN DE FE Y CONDENA

 Diríamos que la filosofía no es una profesión. Pensarla como tal la aniquila, al tiempo que, para vivir de ella, habrá que ser un profesional, un profesor.

“Poder encontrar en un libro lo que busco”. ¿En esa lejanía de la máquina de ficciones por excelencia, esa máquina de la separación, esa locomotora de lo universal llamada ‘lenguaje’?. Sin que la lentitud habite en su profesión. Porque… qué profesa el filósofo en su profesión? En qué cree? En acuerdo con Leibniz, sería solamente una profesión de fe: de fe en lo imposible, en la finitud. La profesión del filósofo nunca es adjetivable. Me encuentro releyendo a Jünger: “lo que tenemos será un hombre “despierto, inteligente, activo, desconfiado, sin relación con las Musas; será un denigrador nato de todos los tipos superiores y de todas las ideas superiores, un hombre que constantemente piensa en lo que le trae ventajas, que se desvive por tener seguridades […]; será un hombre impregnado de teorías filantrópicas, pero que asimismo tiende a recurrir a la violencia terrible tan pronto como los prójimos o los vecinos no encajan en su sistema”.

Por decirlo de algún modo, tiene un déficit musical que bascula en favor de la técnica y del monólogo. Es como navegar: amar el estar entre la mar y entre el viento no requiere más que temerla en la experiencia inmediata de su poder. Se puede tener lo otro y competir. El medio, es decir, el ritmo ideal del plano en el que tiene lugar el movimiento sería casi indiferente. Filosofar se trata de amar la pérdida, la cercanía abrasadora de la duda y permanecer en esa imposibilidad.

Buscar artimañas institucionales siempre será una traición.

Según las palabras de Bataille, el temor a buscar la poesía -y la magia-, el afán aniquilador por “poder encontrar lo que se busca en un libro. Su codicia arrasadora por ponerlo”. Su temor a vivir lo que rubrica. En el fondo, su ruina es su descreimiento. 

Hemos de decir que esa enfermedad resulta de una relación precisa con su alma: porque si el alma es la diferencia, si el alma significa la separación del mundo; el alma de un filósofo –acaso en grado superior a cualquier otra que también ha de lidiar con este mal pero de un modo desesperadamente más inmediato-, consiste en el constante movimiento por la apropiación de sus deseos convertidos en objetos del pensamiento o, lo que es lo mismo: en no des-almarse nunca. Guardián del pensamiento. O acaso su proceder no consiste siempre en doblegar? El alma no puede captar nada que no sea convertido en una secuencia de fantasmas: no puede comprender nada sin fantasmas (I.P. Culianu)

Digámoslo una vez más: el problema estriba en la relación negativa que el filósofo mantiene con el no-saber. Es decir, con el riesgo de no bascular ni hacia el Espíritu (Historicismo) ni hacia la Naturaleza (Cientificismo). El amor… que está en medio… es decir, el desequilibrio como una experiencia espiritual completa queda fuera sin excepción. La seguridad es su tótem.

La necesidad incesante de subsumir dentro de sí lo que se le opone en una aprehensión conceptual, es decir, una negatividad patológica en la que se pierde la vivencia de lo concreto en favor de la apropiación abstracta de eso concreto mismo. Ya en su gabinete –en su escritura y no importa el grado de academicismo de ambos-, ya en su acción –es decir, fuera de su Historia-, también para él es difícil separarse de un cálculo egoísta. No es capaz de perderse, de desoír las demandas de su conciencia: incluso cuando habla en contra de ella. Muy a su pesar todo filósofo habita indefectiblemente en el mundo de las ideas. Su habitarse consiste en un contemplar el mundo desde el confort de su propia alma en un encuentro enfermizo con ese mundo, con lo absolutamente Otro-Singular. O también: su incapacidad para “tomar una flor y mirarla hasta el acuerdo”. Y todo ello en un silencio desolador. En el silencio de las ideas muertas.

 

UNA INHUMANIDAD MAL ENTENDIDA

 La estela de sus lugares habitables no es conciliable con el riesgo de dar un mundo, de dar afectos. Es como si su diferencia lo arrastrase afuera de la contingencia de la diferencia como amenaza o del rayo que juega, es decir: de la vida. Ya que en todo momento es un hipócrita invadido por miserias, dependencias y obligaciones que van en contra de lo que dice. Porque: ¿qué hace un filósofo con sus manos?

El mal del filósofo lo conduce al olvido del componente emocional y simbólico que habita en el origen de todo pensamiento, y hace perder la oportunidad de construir un templo habitable por cuerpos cuyas pieles escuchan. Su problema es la prisa.

Habitar significa estar en paz concordia con ese peso infinito del ahora. Aquello que se disuelve en el aire de la noche. Aquello que su alma señala para perderse para siempre con sólo nombrarlo. Ah! Mas el filósofo precisa demasiado de lo que su alma ve, de lo visible para el alma. Del fantasma. Lo visible es lo innecesario, así como lo es la imagen del espejo que cierra el fantasma de uno y lo define. Para lo Real no necesitamos de lo visible, de la producción, de la comparecencia, de la posición. Hace falta todavía escuchar la vibración que persiste en la profundidad de la apariencia. Quizá ahí resida el origen de esa sobreexcitación por los conceptos. Por el padre de todas las ficciones.

Su lenguaje: su fetiche. La idolatría del filósofo que ha perdido la relación cercana, aurática con el ritmo de la naturaleza. Falta la vida inmediata. Escudriñando en la separación de su alma.

No hay ni un filósofo que no sea en el fondo hegeliano, que no busque una conquista que lo mantenga a salvo de una amenaza. Un filósofo que no viva en la metrópolis, en la cultura, en la crítica.

 

TEMOR Y MAGIA

 El filósofo, el hombre más temeroso de todos, el que más amenazado se siente. Su incapacidad para la cumbre y el ocaso, su incapacidad para gravitar en aquello que pretende mostrar a otros enseñoreándose, mostrándoles el camino.

En resumen, un problema de relaciones: ¿Cómo se relaciona el filósofo con las cosas que no ha puesto ahí el hombre? ¿Cómo se relaciona el filósofo con la gracia de las cosas? ¿Qué relación guarda el filósofo con su deseo? ¿Y con su delirio? Con un delirio que no sea bajo techo, protegido. Con un delirio semejante al de nuestro amado-odiado Sócrates, que se exponía en la calle a ser despreciado – justamente- como filósofo? Y con el goce? Y con el uso sagrado de la música? Y con la magia?

Apenas la soledad de las letras solas. La soledad que dan las letras. La seguridad que dan las letras. Una soledad que jamás será la del desierto y la fiesta.

La historia de la filosofía es de una especie tan particular que en ella no puede narrarse nada de lo que ha ocurrido, sin antes conocer qué habría debido o podido ocurrir. (Kant, Logik)

 

Sardiñeiro, Costa da Morte, Julio 2011

 

 

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