Filosofía en los límites

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La sociedad inútil. Poder, ideología y educación en el estado neoliberal

La sociedad inútil.

Poder, ideología y educación en el estado neoliberal

 

“La neutralidad no es posible en el arte educativo y en el acto educativo”

Paulo Freire[1]

 

Aunque las ideas de este texto, escrito por amable invitación de @apfilosofia, pretenden cierta validez analítica general, verá enseguida el lector que toman su inspiración de la realidad en tiempo y espacio de un país, éste, que transcurre en horas convulsas y entre políticas tan agresivas contra las libertades ciudadanas y los derechos fundamentales como bien planeadas en tanto estrategias de control y apropiación sine die del poder, en sentido extenso. No es mi deseo hacer desaparecer esta conexión combativa, un tanto panfletaria si se quiere, del texto con la realidad, más bien al contrario.

 

La apropiación neoliberal del poder. Achatar la historia, eliminar los fines y no argumentar jamás  

Michel Foucault, parte de cuya obra se constituyó en “lecciones” dictadas que, según sus propias palabras, tomaban forma y se descomponían de un curso al siguiente, hasta el punto de revisar repetidamente sus conceptos y establecer con valentía la necesidad de abandonar algunos que tenían apenas unos meses de vigor aprendamos formuló, entre otras, dos ideas de extraordinaria importancia: una se refiere a la distinción entre “decir la verdad” y “estar en la verdad”[2]: Aristarco de Samos o Mendel, en el ejemplo del mismo Foucault, decían la verdad, pero no estaban en la verdad de su época. Pues la “verdad” de una época depende de cosas muy alejadas de la lógica interna de las disciplinas  astronomía y genética, en los casos reseñados. Otra es la conocida afirmación, recuperada por la sociología de la comunicación en redes, desde Scott Lash[3] hasta más recientemente Manuel Castells[4], de que el poder no es algo que se tome o se abandone[5]. El poder en las sociedades avanzadas no es un hecho espacial, territorial o matérico. Ni siquiera es un hecho. Antes bien, es una relación, una estructura nodal, una malla desterritorializada, que se revela en todos los poros del tejido social e incluso en el de las relaciones personales[6]. La suma de estas dos ideas es, a mi juicio, demoledora. En el primer caso se establece un marco epistémico que permite la entrada en la historia de las disciplinas de la exterioridad, de las condiciones materiales y sociales (se enfatiza la participación de la historia externa de la ciencia en la constitución de sus “verdades”). En el segundo caso se convierte a esa exterioridad, presuntamente plagada de elementos subjetivos, intereses económicos y políticos, en responsable del anidamiento del poder, que encuentra allí su medio de cultivo y expansión, su placenta caliente, y cuyo mismo amamantamiento convierte a las relaciones sociales en auténticos huéspedes primarios, en sentido biológico[7]. Quien nutre, controla, regula, manipula o “hace jugar a su favor” el conjunto simbiótico de relaciones que denominamos poder, domina el discurso sobre la verdad[8].

Exactamente esto sucede hoy con el discurso ultraliberal, que pretende gestionar la salida a esta cristafa[9]: una “estafa” planetaria que se presenta bajo la forma de “crisis” a fin de legitimar el uso de determinadas metáforas luego hablaremos de ellas que ayuden a hacerla cristalizar en el imaginario social como un sentimiento moral de culpabilidad, personal y colectiva, por desmanes que obedecen en realidad a estrategia trabadas y concepciones económicas de los centros de decisión internacionales[10].

Dado que los núcleos de control económico actúan en connivencia con intereses de gobiernos, agencias e instituciones metódicamente neoliberales, en la práctica es la derecha mundial o, en todo caso, el positivismo conservador, quien gestiona las maniobras de consolidación del poder y culpabilización en tiempos de crisis de los no poderosos. Aunque los análisis políticos y económicos de la izquierda europea comprenden y delatan las pericias manipuladoras del poder, en el sentido de Foucault es la derecha quien lo practica. El modo en que lo hace es sistemático. La idea relacional del poder como táctica, técnica o estrategia permite independizarlo de concepciones jurídicas y, obviamente, éticas—, y gestionar sus signos desencarnada y amoralamente, como en una especie de “finalidad sin fin” de tipo estrictamente formal[11].

En esta concepción ultraconservadora, que consiste en decir lo contrario a lo que se decía y afirmar lo contrario a lo que sucederá[12] el presente se hace absoluto, dado que significa a la vez la negación del pasado y del futuro. ¿Es esto el poder microfiltrado? En cualquier caso, es estrategia de ese poder. La legitimación por el presente, por la “imperiosa necesidad de los hechos [sic. los mercados]” desactiva la posibilidad de utilizar fines, finalidades y utopías como orientadores de la acción política —y educativa, como se verá después—. La materialidad del aquí y ahora se defiende y constituye no por relación a idearios, sino por relación a argumentarios, que desplazan a los argumentos[13] dando, sin embargo, la impresión de ser el resultado suyo. Es así como la legitimación política de las acciones económicas se convierte en un discurso formal, vacío y, por lo mismo, incontestable desde la razón.

 

Huéspedes y parásitos. Antropología profética del neoliberalismo

 

¿Cómo se transmite la ideología del neoliberalismo por el ecosistema social? Como no podría ser de otro modo, el sistema educativo es crucial para ese fin. Permítaseme un primer apunte sobre la educación, aunque volveré más tarde con mayor profundidad sobre ella. Con el liberalismo como estandarte (que se apropia, por sola identidad de campo semántico, de la idea de libertad[14]), la escuela es utilizada como un medio, un simple mecanismo instrumental con el que reproducir en las estructuras mentales de los alumnos el principio de desigualdad, la meritocracia y el derecho de los más poderosos a imponer su ley natural a los que no han conseguido llegar tan lejos en una carrera sociobiológica. La doctrina del partido actualmente en el gobierno comparte un biologismo radical[15], voceado además por la ultraderecha mediática. Por la vía ideológica contaminada de una elemental falacia ya descrita en el siglo XVIII por David Hume[16] de la conversión de las diferencias genéticas en diferencias de estrato social y cultural se legitima esa superioridad intrarracial dejaremos estar la otrasegún la cual los Self-Man Made, los individuos forjados a sí mismos son los que, con ello, se han hecho acreedores a su distinción con un lenguaje especial, excelso a la vez que salvífico, que se autoinviste con los valores extremadamente individualistas[17] asociados al metarrelato del crecimiento, disponibilidad y progreso indefinido de la riqueza y la propiedad: la expansión, la reinversión bienhechora, la innovación, la emprendeduría, e incluso la creatividad son sus potestas.

En esta reedición de la teoría de los grandes hombres[18], éstos juegan, tienen el derecho a hacerlo, con la esperanza de los demás —dado que el bienestar colectivo es directamente proporcional a su capacidad de producir riqueza a través de la creación de nuevas oportunidades y la reinversión humanitaria y filantrópica de sus beneficios—, inyectando en la cultura de la democracia una legitimación de sus prácticas económicas basada en la fe en el modelo, la esperanza en el éxito de sus gestores y la caridad de éstos para con el estado social —caridad que frecuentemente toma la forma de la máxima evasión de impuestos posible—, a la vez que en la culpa de quienes no participan “activamente” en su consecución parados, jubilados, funcionarios, docentes, sanitarios y en general cualquier empleado remunerado con dinero público. El primer gran objetivo de esta gigantesca estafa ideológica ha sido conseguido: la división de la capa social en huéspedes y parásitos.

Pero aún hay más. La confianza en la antropología del sistema neoliberal no funciona sólo mediante la imitación y extensión al comportamiento humano de supuestos principios de la naturaleza y la economía a los que un marxista, por ejemplo, podría oponer racionalmente unos contraprincipios o contravalores. A fin de asegurar la identificación psicológica entre los individuos-masa y el sistema timoneado por unos pocos y exclusivos hombres, en el interior de la cristafa se miman también componentes de tipo emocional y religioso. Al hacerse depender del comportamiento económico de sujetos individuales, la creencia en el bienestar futuro de toda la sociedad se convierte en un discurso profético. Resulta esclarecedor observar cómo la idea religiosa de profecía es sospechosamente similar a la idea economicista implícita en el anterior análisis. En una entrevista realizada en 1999 con el a la sazón cardenal Ratzinger, hoy papa Benedicto XVI, éste reflexiona sobre el sentido del término “profecía”: El profeta no es un adivino. El elemento esencial del profeta no es predecir acontecimientos futuros; el profeta es aquel que dice la verdad en virtud de su contacto con Dios; la verdad para el presente que naturalmente ilumina también el futuro[19]. Ya hemos hablado antes de la justificación económica del futuro por el presente. Lo que se nos dice ahora, además, es que debemos creer no tanto en el futuro como en la palabra en cuya confianza se funda ese futuro. Lo profético, pues, no consistiría en creer en el contenido de la profecía, sino en creer en el acto profético mismo. La verdad de la profecía no se corroborará al final, cuando ésta se realice, sino que ya ha sido anticipada y producida en su enunciación y en su relación con una “entidad” que funciona como autoridad legitimante incontestable, pero también racionalmente incontrastable (Dios en la profecía religiosa; el mercado en la profecía económica). Primera falacia, ad vericundiam, la de la justificación por un supuesto principio de autoridad que sancionará positivamente la confianza. “Créanme —es la idea central del argumentario al que se recurre en estos días en el seno del gobierno, no podemos hacer otra cosa. A nosotros tampoco nos gustan estas medidas, pero debemos tomarlas”. La profecía como eje antropológico del capitalismo salvaje supone una apelación permanente al inconsciente culpable, una criminalización de quienes han vivido “por encima de sus posibilidades”. Por su parte, la falsa autoculpabilización del timonel del barco es contrarrestada inmediatamente por el discurso de los valores empáticos con todos aquellos industriosos que toman decisiones valientes y medidas arriesgadas en los momentos difíciles, incluso “contra sí mismos”, sustituyendo el contenido objetivo de las medidas por el efecto psicológico de poner en valor el hecho de que ellos, y sólo ellos, con su filantrópica ambición, han sido capaces de tomarlas, dado que les ha sido revelada la verdad forma dócil de afirmar que el mercado les ha impuesto su verdad, que no aciertan a formular de otro modo que a través de un tautológico “hay que hacer lo que hay que hacer”. En realidad, toda esta panoplia de legitimaciones es una pantalla creada para ocultar que tras los movimientos aparentemente matemáticos de los mercados no existe racionalidad alguna y en lo profundo se encierran compulsiones psicológicas, decisiones arbitrarias, caprichos, apuestas e incluso bromas de los grandes hombres. Los dioses del Olimpo jugando con los mortales. Y todo ello es políticamente expresado, no mediante razones, sino mediante una apelación repetida a la comprensión y a la disculpa: segunda falacia, ad misericordiam, la que cometen nuestros políticos al explicarse.

 

La cristalización. El lenguaje del engaño.

 

Exploremos un poco más aún este juego de legitimidades desde su propio interior, esto es, desde la capacidad “generativa” del discurso político practicado por el pensamiento ultraliberal. De acuerdo con la teoría de la metáfora de George Lakoff y Mark Johnson[20], la manera en que los humanos comprenden el mundo se halla ungida de metáforas que dominan, con diferente grado de consciencia o inconsciencia su imaginario. Las metáforas no son formas lingüísticas inocuas, simples construcciones bellas o recursos literarios de alcance limitado. Muy al contrario, tanto las conscientes como las que no lo son tanto[21] explicitan la dimensión radicalmente pragmática del lenguaje[22], lo cual significa que no son meros “significados representativos”, sino máquinas generatrices, capaces de producir energía, acción, de “hacer cosas”. Las metáforas no se usan de modo auxiliar: en ellas se vive. Analizadas como estrategias de poder, las metáforas, que mantienen, Nietzsche dixit[23], ese vínculo originario del lenguaje con la expresión y el sentimiento —y, por supuesto, con la experiencia— y no con la denotación, son modos lingüísticos capaces de ocultar, precisamente por ello, falacias materiales, particularmente las relacionadas con el uso equívoco, interesado y desplazado, de los términos de una argumentación.

Estamos siendo colonizados por un discurso que pretende convertir en metáfora estructural un conjunto de conceptos económicos formales, dado que tiene que ver con macrovariables, esto es, con el modelo: ajuste, productividad, eficiencia, reequilibrio, reorganización... Tales conceptos han de ser traducidos, primero política y luego ideológicamente, y ahora se hacen funcionar como legitimadores para la reforma, la regulación, la austeridad, el control o la regeneración que alcanza también a los ámbitos moral e histórico[24]—. Así, bajo el paraguas de la economía, respaldado por la antropología profética retratada hace un momento, se llega a articular un relato que, bajo la apariencia de naturalidad y objetividad, contiene en su interior toda la fuerza ideológica de la represión de derechos y libertades[25], a la vez que presta carta de naturaleza a otras dimensiones del programa ultraconservador:  “se acabó el café para todos” es la primera forma de expresión de la metáfora de la propiedad, que en modo alguno puede ser repartida equitativamente. Esta expresión, cuyo significado real es café para los huéspedes y no para los parásitos, acaba siendo aceptada, creída y repetida por los segundos: “¡claro, no podíamos vivir así eternamente!” La metáfora ha obrado su trabajo. Por lo tanto, este discurso es, además de colonizador, clonador pues se desdobla a partir de voceros, repetidores y argumentarios[26] lo que produce el efecto de estar oyendo siempre a la misma persona emitir el mismo discurso, ya se trate de los huéspedes desde las tarimas o de los parásitos en los bares y las plazas públicas—.

Todas las formas de la ideología política ultraconservadora tienen que ver con la manufactura de un tejido de metáforas que trame y adhiera entre sí, y con apariencia de naturalidad, un conjunto de conceptos económicos, antropológicos, políticos y finalmente morales. Mediante este procedimiento, y de acuerdo con la teoría relacional del poder, cada cruce de hebras, cada nodo en la malla presta solidez a los demás, en una especie de legitimación circular permanente. Entonces, en este espacio hilvanado, todo ajuste o reajuste es en realidad una transferencia de energía de un nodo hacia los otros; pero, dado que las transferencias pueden tomar distintos caminos, la elección de uno u otro es una cuestión de prioridades. No hay, pues, razones objetivas más allá de las ideológicas que justifiquen la elección. Pongamos un ejemplo: entre las medidas adoptadas por el gobierno en sus primeros meses de vida se encuentran el aumento del gasto militar[27], la compra exacerbada de material antidisturbios[28], la creación de más plazas de policía y guardia civil[29]mientras se impugnan oposiciones regionales en educación[30],  o la presentación de un plan de defensa de la tauromaquia[31], a la que se pretende declarar BIC[32]. Estas decisiones no son sólo operativas o técnicas. No tienen por objeto únicamente la regulación de un sector o la devolución de peso específico a otro. Cuando se promueven actuaciones acordes con la lógica de la intervención, la defensa, la guerra y los toros el resultado es un país que buscará vertebrar su identidad en torno a metáforas relacionados con el orgullo, el valor, la disciplina, el orden, el autoritarismo, los buenos y los malos…, y no un país en el que los individuos serán educados en el respeto a la diferencia, en la no agresión o en un humanismo de lo vivo la naturaleza, su curso y sus especies; paradójicamente, eso que tanto reivindican los ultraliberales a la hora de justificar las desigualdades sociales—.

Denomino cristalización al efecto lingüístico de este sistema ideológico de legitimaciones sobre la conciencia individual y social.

Metáforas, sustituciones, desplazamientos de significado[33], están tan presentes en nuestro imaginario que resulta difícil visibilizarlos, volverlos conscientes. Las metáforas destilan poder. Sus formulaciones lingüísticas ocultan, escamotean la realidad en un ejercicio agresivo de osmotización de las ideas y el pensamiento. Y, como el discurso de las buenas formas referido por Russell[34], se van adueñando invisiblemente de las generaciones futuras, pues éstas serán adoctrinadas en esos no-valores. El siguiente paso habrá de ser, coherentemente, instaurar y asegurar la lógica necesaria para que la educación cumpla con la solemne función de transferir a sus usuarios estos fundamentos “naturales” de la “libertad”.

 

El no-discurso educativo o cómo producir una generación de ciudadanos mentalmente serviles

 

Hablemos ahora, pues, de la educación. Los gobiernos deberían ser más cuidadosos al utilizar este elevado término. Ninguna medida actual presuntamente tendente a mejorar la educación tiene que ver en realidad con la educación. A lo sumo, con el “sistema” educativo. Educación y sistema educativo son conceptos enteramente distintos[35]. De hecho, el único que puede ser contestado racionalmente es el segundo. El primero no[36], pues no existe hoy en nuestro país discurso alguno sobre él[37].

Sería razonable pensar que la educación ha de cumplir la función, profundamente social, de preparar la conciencia para denunciar en todo discurso la diferencia entre sus elementos constitutivos y sus elementos metaconstitutivos o legitimantes, en los que se oculta con frecuencia el carácter ideológico de los contenidos del aprendizaje. La cuestión de la verdad de un discurso no puede ser desligada de la cuestión del poder al que obedece, o del interés al que sirve[38]. Si se desactiva la capacidad de identificar esa distancia el daño es irreparable. Sin embargo, en la práctica, los valores que deben ser transferidos entre generaciones a fin de que el liberalismo radical se perpetúe ya no se hallan depositados en la educación, ni mucho menos en una educación fundada en el criticismo. Se imponen los valores de aquellos hombres automodelados y poderosos, aquellos aristoi de la usura, que tan bien representara ya en el siglo XIX Honoré Daumier en sus grabados, en el preciso instante en que esos valores tomaban la sociedad al asalto. Efectivamente, tras la justificación oficial de las reformas en la ley de educación se agazapa un grotesco engaño. La falacia de un gobierno que trata de gestionar la educación y el resto de los servicios públicos con criterios económicos es ésta: mientas se asume para la organización del trabajo y la producción el principio de la no intervención, la libertad de oferta y demanda, mercado, iniciativa individual y competencia libre, esa misma libertad se acaba a la hora de diseñar los currículos educativos. No sólo no se permite la libertad de acceso del alumno a diferentes tradiciones y paradigmas de conocimiento[39] sino que se trata de alimentar en él una concepción y un comportamiento competitivo legítimo, puesto que, como fundamento suyo, se aducen las “desigualdades naturales”, claves del éxito vital, tal como se ha plasmado anteriormente. Ello sólo puede engendrar una reinvolución en el conocimiento sin parangón en la historia reciente, ni en los países vecinos, incluidos los conservadores.

Una de las vías pera extirpar de la educación el criticismo, convirtiendo al sistema educativo formal en una estructura aséptica y vacía de contenido en valores potencialmente peligrosos, es el rediseño de los currículos, particularmente los que tienen que ver con la Historia, la Ética, la Filosofía, los derechos sociales y el respeto cultural. No hay más que comparar el “grosor” que representa la Filosofía en el currículo actual de bachillerato con respecto a hace apenas seis o siete años, por ejemplo, para constatar la pérdida de peso de las humanidades. Pero no sólo se trata de un adelgazamiento horario, que de buena ley no se debe al actual gobierno. Se trata de una reescritura de los contenidos que deben ser enseñados en nombre de la desideologización educativa[40], excelente expresión que significa que todo atisbo de crítica será sustituido por el adoctrinamiento machacón en la antropología profética del conservadurismo extremo.

La consecuencia de una disminución drástica de la participación de las humanidades en la formación de los estudiantes, por la vía de los horarios y por la de los currículos, será patente en el desleimiento del criticismo en los próximos años. No es cierto que vaya a haber siempre generaciones críticas, aunque siempre habrá individuos críticos. Para que las haya, el sistema educativo, en lo que tiene de sistema, debe aceptar en su interior, desde las etapas más tempranas, dosis altas y heterogéneas de flexibilidad y tolerancia, aumentando así sus grados de libertad. Ese es el escenario. Si se cercenan estos principios, las generaciones siguientes serán mecánicas repetidoras inconscientes de las metáforas calvinistas relatadas. Toda formación que elimine la capacidad de discutir y disentir sobre contenidos históricos, valores morales, principios de organización del estado, derechos individuales y colectivos, costumbres sociales, en suma sobre “visiones del mundo” (weltanschauung), conlleva inevitablemente la dictadura ideológica que consiste en la repetición ahistórica de los modelos de adoctrinamiento interiorizados durante los años de formación. Quizás eso ya ha sucedido. Quizás tengamos un referente más cercano de lo que podría parecer en la reforma de la Formación Profesional sucedida a principios de los noventa[41]. Cuando se modularizó la Formación Profesional, para hacerla más europea, eficaz, técnica, productiva y competitiva, también se pagó un precio consistente en la eliminación absoluta de las humanidades de los currículos de esos estudios. Antes de ello, un Técnico Superior en Automoción, Metal o Sanidad había estudiado obligatoriamente Historia, Literatura, Formación Humanística e incluso Ética. Cabría investigar si existe una relación entre la nueva Formación Profesional, que prescindió de las humanidades por motivos técnicos, y las diferencias en los índices de participación del colectivo del profesorado de Formación Profesional con respecto al de maestros y profesores de Educación Secundaria y Bachillerato en la pasada huelga general[42].

No es ningún secreto que la concepción de la educación en nuestro país en las décadas recientes, y bajo la égida de las sucesivas leyes orgánicas y decretos, oscila entre dos modelos que, por simplificar y en la medida en que coinciden con gobiernos de distinto signo político, denominaré el modelo de la izquierda y el de la derecha. Ahora me interesa establecer la filiación de ambos modelos con el conjunto de metáforas legitimantes que se transfieren en el momento en que los principios teóricos se convierten en sistema.

Para el modelo de la izquierda, la educación es un fin en sí mismo, en el sentido de que constituye el objetivo, acaso el más legítimo, el ideal de toda sociedad que aspire a llamarse democrática. Este modelo cree que los valores que se representan en los sujetos responsables son consecuencia de su educación formal y tienen importancia intrínseca, esto es, son deseables per se. Modelo, por tanto, de lo público y de la igualación, la nivelación y la solidaridad con los menos favorecidos. En el otro extremo encontramos el modelo de la derecha, que exhibe sin ambages y con orgullo una visión biologista de la educación como “desigualación”, como medio para conseguir que los más capaces lleguen más lejos[43]. En este modelo, la educación es un simple medio para arribar a fines que frecuentemente se tematizan en conceptos agonísticos tales como el éxito, la victoria, el premio, la conquista o la propiedad[44]. Un conjunto de metáforas territoriales y estructurales que sancionan que, dado que la educación no es más que una manera de alcanzar un fin extraeducativo, tanto sirve ésa como cualquier otra, como por ejemplo el enchufismo o el pelotazo. Paradójicamente, desde este modelo se acusa al otro de ideológico y de ser bastión del pensamiento único.

Consecuentemente, en las anunciadas reformas educativas no hemos atisbado ni por asomo la menor referencia a medidas auténticamente educativas. No se habla del contenido de la educación: ni de metodología, ni de evaluación, ni de formación docente, ni de actualización profesional, ni de tecnología, ni de calidad, ni de procesos de aprendizaje, ni de proyectos colaborativos, ni de atención a las necesidades de los alumnos. En cambio, se diseña un majestuoso y populista edificio conceptual que habla de “hacer más con menos” y que culpabiliza socialmente al docente avant la lettre, en una falacia descomunal de envenenamiento del pozo, en caso de un más que probable fracaso futuro de las medidas anunciadas. Medidas cuyo contenido sólo atiende a factores instrumentales, como los costes o las ratios de aula.

En este modelo de desinversión, lo público deja de tener sentido, pues una educación igualitaria en oportunidades exige un estado fuerte, sin el cual no puede seguir manteniéndose que la educación sea un “bien social” dado que lo social se define como el corpus unificado, gestionado y amparado en el paraguas del estado. En ausencia del estado, todos los elementos se disgregan a favor de un intencionadamente buscado sálvese quien pueda. Hallamos otra vez en el fondo de este modo de actuar la falacia economicista de la mano invisible, que ajustaría el sistema al dejar al albur de la libertad individual de producción, de proyección y desarrollo, la responsabilidad de encontrar el mejor equilibrio posible. Pero, y he ahí la falacia, ello significa que el sistema es inducido a una profunda crisis cuando el precio del equilibro anunciado es en realidad el desequilibrio de salarios, condiciones sociales de trabajo, derechos y libertades civiles.

*     *     *

Dado que no existe hoy en nuestro país un territorio propio para la educación ni un territorio propio para una izquierda realmente progresista capaz de defender su modelo, pues cuando ha gobernado lo ha hecho de modo tibio y sin claridad de convicciones ni profundidad de acción, éste será constituido a través del conjunto de principios antieducativos que acabamos de describir: sociobiologías racistas, neovalores religiosos y liberalismo a ultranza. Es así como el poder penetrará en los poros del sistema educativo, autoreforzado por la natural revisión curricular, la separación radical entre lo publico y lo privado y la entronización de lo segundo, precisamente porque se funda en esos ideales que ponen en valor a un individuo eternamente poderoso y dominador, el único que puede gobernar el timón de la actual nave para hacerla arribar a un puerto llamado, otra vez, más crecimiento y más progreso. Una condición del feliz resultado del proyecto es la eliminación del parasitismo social, lo que se consigue, no sólo mediante recortes económicos drásticos y despidos, sino fundamentalmente mediante la excitación de la ira ciudadana hacia aquellos colectivos que no son percibidos como productores.

A la pulcritud y suavidad casi inocuas del discurso educativo de la izquierda se opone la desfachatez, simpleza y contundencia del discursode la derecha, plagado de falacias deslizadas a propósito,pues de lo contrario nada de lo que afirma resiste la menor crítica. Aún así, este discurso no tiene reparos en llamar ideológicoal conjunto de valores presuntamente promovidos por el otro, como si, en la práctica, un maestro o profesor invirtiera toda la jornada lectiva en repartirhoces y martillos entre sus alumnos, animar a la algarada y la revolución o bombardearles con pasquines de Bakunin. El éxito de este diseño, no obstante, es que incide, a través de simplificaciones como las mencionadas, en la conciencia extraeducativa: el mundo del trabajo, las manifestaciones sociales, los medios de comunicación… En otras palabras, y tal se explicó al principio: la derecha practica a Foucault como nadie. Por consiguiente, la educación, contra lo que pudiera parecer, no se batalla tanto intramuros como en un escenario ambiguo constituido por las vidas y las relaciones entre los ciudadanos, y por las percepciones que en éstos induce una doctrina para la cual la educación es un dispendio y no una inversión, pues sólo tendría como objeto filtrar a aquellos genéticamente, es decir, naturalmente, mejores. Esta lucha por el territorio de laideología es lo que costará más sacrificio y más expiración, en términos de formación y de criticismo. Al lado de esta guerra, ladel recorte económico es de juguete.

Si no ponemos remedio, si no oponemos resistencia, las generaciones que vienen constituirán, en tanto colectivo, masas ineptas para todo proyecto común de cambio en una dirección que no tiene por qué conducir al mismo punto de partida. Presumiblemente, en los próximos diez años, como poco, asistiremos a un escenario yermo de pensamiento, de investigación y de cultura transformadora, aceptando la babia feliz de un modelomachista-reproductivo del conocimiento que convertirá en inútil a la propia sociedad que lo tolera.

 

Francesc Llorens

1 de Mayo de 2012

 


[1] Ver Freire, Paulo. La Educación como práctica de la libertad Siglo XXI de España Editores. 1969 y Pedagogía del oprimido. Siglo XXI de España Editores. Buenos Aires, 1970.

[2] Foucault, Michel. El orden del discurso. Tusquets Editores. Barcelona, 1970.

[3] Lash, Scott. Crítica a la información. Amorrortu. Buenos Aires, 2005.

[4] Castells, Manuel. Comunicación y Poder. Alianza. Madrid. 2009.

[5] Foucault, Michel. Microfísica del poder. Las Ediciones de La Piqueta. Madrid, 1978.

[6] En este sentido, quisiera recordar un fantástico libro escrito por un gran y olvidado profesor, activista y sociólogo de una época de libertades como fue el final de los setenta y el principio de los ochenta: Marqués, Josep Vicent. Qué hace el poder en tu cama. El Viejo Topo. Ediciones 2001. Barcelona. 1981.

[7] El sentido biológico del término “huésped” es el contrario al uso común. En biología huésped se refiere al hospedador, no al hospedado.

[8] Uno de los más combativos epistemólogos del pasado siglo, Paul K. Feyerabend, llegará aún más lejos: la verdad depende del poder. Quien tiene más dinero tiene más posibilidades de tener razón. Aún en este uso economicista del término sería válida la definición de lo objetivo por lo subjetivo, de lo interno o lógico por lo externo o contextual que se encuentra en la distinción foucaultiana. Vid. Feyerabend, Paul K. “Ciencia: ¿grupo de presión política o instrumento de investigación?” en Adiós a la Razón. Tecnos. Madrid. 1984.

[9] Una excelente descripción de sus orígenes, justificación y mentiras a la hora de culpabilizar a la ciudadanía puede leerse en Navarro, V., Torres, J. y Garzón, A. Hay alternativas. ATTAC. Ediciones Sequitur. Madrid. 2011.

[10] Centros muy alejados ya de la clásica concepción del poder como lo emblematizado en las instituciones políticas. Por el contrario, hoy el Banco Mundial, la OMC, el FMI, el BCE, el “Consorcio de Washington” como John Gray llama a la alianza entre el gobierno americano y los centros financieros internacionales, los bancos de inversión, los organismos reguladores, las agencias de rating y calificación… constituyen las retículas desde las que se microniza el poder. Cuando habla el presidente americano, la nación escucha. Cuando habla el presidente de la Reserva Federal, el país se para. Vid. Gray, John. Falso amanecer. Los engaños del capitalismo global. Paidós. Barcelona. 2000. Y el muy elocuente libro de Hernández Vigueras, Juan. El casino que nos gobierna. Clave Intelectual. Madrid. 2012.

[11] La ética kantiana, por ejemplo, suscribe un formalismo que se presenta como un “fin sin finalidad”. La no-política actual de la derecha mundial invierte obscenamente este planteamiento, al comparecer como una “finalidad sin fin”, esto es, como una respuesta técnica y formal a las reacciones económicas que no obedece a la idea de eticidad del Estado ni, por supuesto, a fines humanos o a valores morales.

[12] Este juego entre las palabras y los hechos, consistente en negar lo que se afirma y “hacer pasar” la mentira, no como verdad, sino como condición de la verdad, ha sido puesto de manifiesto de manera certera por Juan José Millás. Sin Dios. Diario El País. 27-04-2012.

[13]  Vivimos hoy, no sólo en el ámbito de la justificación política, sino también en el de las relaciones entre las empresas y organizaciones y sus clientes, en lo que bien pudiera denominarse la era del argumentario. Un argumentario es un conjunto de opiniones o respuestas cerradas, muy concisas y cuya “efectividad o impacto emocional” es decir, su capacidad irracional de convicción, depende de que sean repetidas exactamente igual que han sido escritas, tantas veces como sea preciso y por el mayor número de personas posible, con la sola condición de no alterarlas, enriquecerlas con “aportes” propios o crear resquicios que pudieran dar lugar a que una prueba, testimonio o argumento las rebata. Cuando ese riesgo existe, entonces quien utiliza el argumentario recurre a la original estrategia de zanjar la comunicación, cerrando el canal. Así, quitar la palabra, simular un corte de línea telefónica, indicar que el tiempo ha terminado o no permitir preguntas en una comparecencia son estrategias no verbales del argumentario. Los argumentarios son, por tanto, y a pesar de su nombre, la esencia de la antiargumentación, la negación lógica de la posibilidad de un discurso racional compartido. El argumentario se basa en la idea feliz, expuesta por Joseph Goebbels, fanático ministro de propaganda de Adolf Hitler, de que una mentira repetida el suficiente número de veces se convierte en una verdad. La edulcoración actual de esta noción no la convierte en menos patética, dado que lo que se juega hoy en el horizonte ya no es la “verdad” o la “mentira” de la idea, sino sólo su funcionamiento estratégico en una estructura abstracta de justificaciones y legitimaciones.

[14] Apropiación ilegítima, pues liberalismo y libertad no son sinónimos sino, antes bien, antónimos. Vid. el interesante artículo de Majfud, J. Libertad y Liberalismo. http://majfud.org/2010/10/19/libertad-y-liberalismo/ 2010

[15] Vid. infra nota 43.

[16] Hume, David. Tratado de la Naturaleza Humana. Editora Nacional. Madrid. 1977. En la Parte III, sección III del Tratado, Hume establece la inconsistencia entre proposiciones descriptivas y prescriptivas. El olvido, voluntario o no, de esta inconsistencia es la causa de la falacia denominada “naturalista”. De lo que es no puede inferirse lo que debe ser. Pues ser y deber ser son conceptos que pertenecen a órdenes diferentes de la naturaleza humana. En el siglo XX, George E. Moore revitalizó la posición de Hume (Moore, G. E. Principia Ethica. UNAM. 1959), hasta el punto de que a veces se designa a la falacia naturalista como la falacia de Moore, reservándose para la formulación de Hume el nombre de “Guillotina de Hume”.

[17] Desconociendo interesadamente las deconstrucciones del mito, que llegan de su adorada cultura norteamericana. Vid. Miller, Brian y Lapham, Mike. The Self-Made Myth. BK Publishers. USA. 2012.

[18] Según Hegel, aquellos que habrían entendido “los signos del tiempo”. Doctrina elitista, relativa a la alta cultura y el papel, consciente o inconsciente, de las individualidades en el movimiento de la historia. Teoría perenne en la historia del pensamiento, pero especialmente prodigada en el romanticismo y postromanticismo, y no sólo en filosofía o historiografía; también en arte, literatura y política. De Rousseau a Hegel, de Tolstoi a Talleyrand, de Emerson a Carlayle.

[19]Hvidt, Niels C. Entrevista al cardenal Joseph Ratzinger. El problema de la profecía cristiana. http://www.hvidt.com/ 1999.

[20] Lakoff, G. y Johnson, M. Metáforas de la vida cotidiana. Cátedra. Madrid. 1986.

[21] Pareciera haber un nivel de “impregnación” y contagio más bajo, más primario aún que la metáfora. Bertrand Russell describe magistralmente cómo se implantan creencias inconscientes durante el paso de los individuos por las instituciones de enseñanza, incluso por las superiores. Refiriéndose a las “buenas formas”, diríamos la buena educación, lo políticamente correcto, escribe: “Eton y Oxford dejan sobre la mente del hombre cierto sello como el que dejan los colegios de jesuitas. Apenas si puede decirse que Eton y Oxford tengan un propósito consciente, pero tienen un propósito que no es menos fuerte y efectivo por no ser formulado. En casi todos los que han pasado por allí producen una adoración por las buenas formas, que es tan destructiva para la vida y el pensamiento como la Iglesia medieval. Las buenas formas son compatibles con una superficial franqueza simpática, una facilidad para oír a todos y una cierta urbanidad para los adversarios. Su esencia es la asunción de que lo más importante es cierto género de conducta, una conducta que disminuya los roces entre iguales e imprima, delicadamente, en los inferiores la convicción de sus propias imperfecciones”. Russell, B. Principios de reconstrucción social. Espasa-Calpe. Madrid. 1976.

[22] Nubiola, J. “El valor cognitivo de las metáforas”. En P. Pérez-Ilzarbe y R. Lázaro (eds.), Verdad, bien y belleza. Cuando los filósofos hablan de los valores. Cuadernos de Anuario Filosófico, 103. Pamplona. 2000.

[23] Nietzsche, F. Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Teorema. Valencia. 1980.

[24] Resulta obsceno observar cómo desde la ultraderecha mediática se reclama la “regeneración moral” de la sociedad, lo que incluye una revisión y reescritura de la historia que lleva, por poner sólo un ejemplo, a negar la legitimidad de decisiones históricas expresadas por el pueblo en elecciones libres, caso de la Segunda República (1931). A partir de aquí se alcanza a justificar que la consecuencia legítima de aquella ilegitimidad fuera una intervención militar, que produjo en España 40 años de dictadura totalitaria y represión franquista (hechos éstos que, o bien ignora o bien niega, como no podía ser de otra manera).

[25] La fuerza ideológica no se encuentra, estrictamente hablando, en la misma represión de los derechos y las libertades, sino en la aceptación de ese discurso como algo necesario, es decir, en la generación de una autoconciencia de necesidad de las medidas que conducen a esa represión.

[26] En la nota 13 se ha desarrollado con cierta extensión el concepto de argumentario. Adicionalmente, cabe reseñar que este concepto funciona como un cristalizador al dar la impresión de que “se poseen argumentos” cuando en realidad se repiten consignas; esta es la diferencia fundamental entre argumentario y argumento. Por su parte, las consignas se crean en base a eslóganes, simplificaciones y datos interpretados sesgadamente, o directamente manipulados.

[32] Bien de Interés Cultural.

[33] El gobierno tiene la respuesta, el presidente guía con firmeza el timón, el país es una nave con una única dirección, el emprendedor ve más allá, los toros son la esencia de la tradición, por tanto son cultura y por tanto son orgullo nacional, las fuerzas de orden imponen la disciplina… He aquí algunos ejemplos de la malla conceptual tejida, de la trabazón de las metáforas.

[34] Vid. supra nota 21.

[35] Tan diferentes como libertad y liberalismo. Vid. supra nota 14.

[36] Es absolutamente inútil oponer a las medidas anunciadas por el ministro argumentos educativos. Dado que sus medidas nada tienen que ver con la educación, no tiene sentido alguno analizar esas medidas en términos educativos. Sin embargo, no hay mejores conocedores de este hecho que sus propios gestores. Ante esa inmoralidad que consiste en olvidar su objeto, en librarse de él como referente que hubiera que gestionar, el neoliberalismo educativo se limita a “hacer jugar” los signos de la educación a su favor y como mejor le conviene.

[37] Si a “educación” añadimos algún adjetivo, como por ejemplo “tecnológica” aún se vuelve más palmaria la inexistencia de una óptica coherente para abordar la introducción de las tecnologías a fin de mejorar la calidad educativa. Sencillamente, no se sabe qué hacer con ellas.

[38] Recordemos a Michel Foucault y a Paul Feyerabend. Vid. supra notas 2 y 8.

[39] Feyerabend, P. K. “En camino hacia una teoría del conocimiento dadaísta”. En ¿Por qué no Platón? Tecnos. Madrid. 1985. Muchos años antes, Bertrand Russell ya enfatizaba la voluntad de lo que hoy llamaríamos “pensamiento único” de imponer un modelo educativo basado en “curriculi fijos” tendente, no a desarrollar en el niño su pensamiento libremente, sino a reflejar en él el pensamiento de sus maestros. Russell, B. Principios de reconstrucción social. Espasa-Calpe. Madrid. 1976.

[40] Una de las primera medidas “educativas” aprobadas por el gobierno es la sustitución de la asignatura de Educación para la Ciudadanía por otra equivalente denominada Educación Cívica y Constitucional. Los lobbies religiosos y el ultraconservadurismo, convencidos de que en la primera se pregonaba abiertamente la homosexualidad, la destrucción de la familia, el odio hacia el capitalismo y la sexualidad promiscua, entre otros atentados contra la “libertad de pensamiento y elección de las familias”, ven así pagado su apoyo en las urnas al gobierno durante las elecciones del 20 de noviembre de 2011.

[41] Tras la entrada de España en la Unión Europea, en 1986, hubo que adaptar los estudios a los protocolos europeos y también dejar atrás la última ley franquista, la ley Villar Palasí de 1970 que, de hecho, apenas concedía a la Formación Profesional la categoría de estudio.

[42] Huelga general del 29 de marzo de 2012. He aquí un asunto que merecería estudiarse con detenimiento y sobre una amplia base de datos estadísticos. En un pequeño análisis empírico realizado por el autor, sin pretensión de validez científica quiero insistir en ello, la diferencia media de seguimiento de la huelga en Formación profesional y Secundaria-Bachillerato en varias localidades de gran tamaño de la Comunidad Valenciana, y en centros mixtos, se sitúa en 30 puntos porcentuales. ¿Existen bases para formular la hipótesis de que quienes se formaron en el sistema modular de Formación Profesional, carente de contenido humanístico, permanecen más ajenos a la conciencia de conculcación social de derechos y libertades ejercida por la derecha neoconservadora? Dejamos la pregunta en el aire, por si alguien desea recoger el guante en una investigación exhaustiva de este extremo.

[43] En su momento alcanzaron cierta difusión en nuestro país dos artículos de quien hoy es presidente del gobierno español, Mariano Rajoy Brey, publicados en el periódico El Faro de Vigo, “Igualdad humana y modelos de sociedad” (1983) y “La envidia igualitaria” (1984). En ellos, Rajoy critica el principio de la igualdad social entre los seres humanos en base a argumentos genéticos (diferencias biológicas) e históricos (reivindicación de la estirpe como fundamento de la superioridad de unos individuos sobre otros). Amen del racismo que destilan sus palabras, de la comisión de la falacia naturalista (vid. supra nota 16) y del olvido de lo perniciosas que han sido en la historia reciente las posturas spencerianas, estos artículos constituyen la esencia del vínculo entre individualismo y capitalismo que necesita toda teoría ultraconservadora para soportar sus tesis sobre la desigualdad humana. Desde un punto de vista estrictamente científico, los argumentos de Rajoy ya habían sido desmentidos por verdaderos especialistas, como Richard Lewontin. Lewontin, R. El sueño del genoma humano y otras ilusiones. Paidós. Barcelona. 2002.

[44] Tal modelo de adoctrinamiento inyecta en el niño un sentido exagerado de la propiedad y el individualismo. De nuevo, Bertrand Russell sostiene en 1926 que la escuela debe atenuar el sentimiento de la propiedad privada: “Es deseable que hombres y mujeres pudieran encontrar su felicidad sin tener que someterse a la propiedad privada, es decir, en actividades más bien creadoras que defensivas. Por esto no es recomendable, a ser posible, cultivar en los niños el sentido de propiedad.” Russell, B. Ensayos sobre educación. Espasa-Calpe. Madrid. 1974.

 

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