Filosofía en los límites

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Ficción y política en el 15M

Ficción y política en el 15M

Los distintos movimientos que en torno al 15-M se dieron cita fueron de manera general vistos y entendidos como una confrontación del sentimiento contra la razón práctica, de la esperanza contra la aceptación resignada o, finalmente, de la ilusión contra la realidad. Como si, de nuevo, se enfrentaran las ficciones, los relatos y las tramas a la política, la realidad y la necesidad. Como si, una vez más, las políticas radicales o antagonistas estuvieran confundiendo política y ficción para esconderse detrás de bellos pero ilusorios relatos.

Lo que en estas líneas querría sugerir es una hipótesis contraria, incluso opuesta: la de que estos movimientos incidieron en la separación de lo que llevaba mucho tiempo unido y confundido: narrativa e historia, poética y política. De hecho, creo que la indignación y el rechazo que animaron el 15-M mostraron, ante todo, indignación ante la subordinación o subsunción de la política en la ficción y rechazo de las consecuencias (éticas, sociales, políticas e ideológicas) que esta subsunción acarrea.

Si hacemos caso de Pardo[1], o al menos de la lectura que hace de Aristóteles, se podría partir de una premisa: en la historia las cosas suceden unas después de las otras mientras que en la ficción, en cambio, ocurren a consecuencia de otras. Vale decir, en la ficción hay una secuencia de acontecimientos que el autor ordena según un plan preconcebido: cada acontecimiento tiene sentido (o se rompe, se cuestiona, se niega) según ese plan y es, por tanto, causa y consecuencia de otros acontecimientos previos y posteriores donde personajes y acciones no resultan de su libre voluntad (¡son personajes!) sino de las razones de la narración. En la historia, en cambio, los acontecimientos y los sujetos no parecen poder responder a planes preconcebidos y ya dados, pues despojarían a los sujetos de la libertad de actuar y hacer (negarían la política, sustrato de la historia). Los acontecimientos no podrían así ser simples causas y efectos de otros acontecimientos, no habría, pues, una estructura narrativa que ordenara y diera sentido a la historia y, por tanto, a las acciones políticas que le dan contenido. Acontecimientos unos después de otros, esa es la naturaleza de la política y el relato que sigue su transcurso: la historia.

Ahora bien, no parece especialmente difícil de advertir que, al menos desde eso que llamamos tan genéricamente modernidad, ilustración, progreso (o sus derivaciones actuales: posmodernidad, contingencia, crisis), vivimos y pensamos la historia como una ficción y la política como un relato. Es decir, como un espacio de acontecimientos causales que no sólo van hacía algún lado y según una dirección (el progreso –y sus crisis-, el crecimiento económico –y las suyas-, la ampliación del campo de la libertad –temporalmente suspendido-, una mayor seguridad –o su actual deriva en vigilancia y riesgo-, etc.), sino que despojan de sentido a los acontecimientos en sí mismos (no pensamos que sean y sucedan unos después de otros y en función de sí mismos, sino unos a consecuencia de otros y en función, por tanto, de la cadena causal que los suscita y ordena). La política y la historia entran así a formar parte de estructuras narrativas y tramas ya dadas: la democracia como paz social, el consenso como garante de la gobernabilidad, la economía como progreso… Las formas de imaginar y actuar lo político no pueden, por tanto, pensarse en sí mismas y pasan a concebirse como momentos de una secuencia prefijada que las dota de sentido. Son acontecimientos para una trama y en función de esa trama.

Es esta subsunción de la política en la ficción, me parece, objeto de rechazo frontal en los movimientos 15-M: liberar a la acción de la ficción, pensar, por tanto, la política fuera de tramas que la engloban, le dan sentido y marcan la frontera entre lo posible y lo imposible, lo necesario y lo innecesario, lo bueno y lo oportuno. Y tramas que, como veremos, no hacen sino resolver, en el espacio único de la ficción, un conflicto que en lo real queda intacto, aunque suspendido, invisibilizado, velado.

Si recorremos con cierta ligereza algunos relatos que sustentan los conceptos y las prácticas de la democracia, la sociedad civil y el Estado de derecho, creo que no es especialmente difícil de advertir esta suspensión del conflicto y de lo político mismo mediante el recurso a la ficción. En las teorías del contrato (contrato social, pacto o contrato keynesiano entre clases, Constitución, consenso y transición a la democracia, etc) hay una ausencia y un desplazamiento. Ausencia de lo político y desplazamiento del conflicto al espacio de la ficción. En el contrato social de Rousseau, por ir al origen de este asunto, nos encontramos con una paradoja (propia de toda teoría contraactualista) ilustrativa de esto que planteo: hay en este contrato social, como en todo contrato, dos partes y, claro, el resultado del acto de contratar o la tercera parte. La primera parte contratante (empiezo una lectura marxista, como se apreciará) es necesariamente el sujeto dispuesto a alienar todos sus derechos a la comunidad en pos de un acuerdo que le proteja, le represente, le dé un lugar, etc. La segunda parte es, sin embargo, oscura: ¿con quién contrata cada sujeto, quién es esa segunda parte contratante? El conjunto de los sujetos, parece. Sí, pero un conjunto que, para contratar y para ser tal conjunto, ha de estar ya constituido en alguna forma de colectividad o comunidad… política. ¿No es esta segunda parte condición y resultado paralelos del contrato social? ¿No es, pues, la segunda (todos los sujetos aptos para contratar) y la tercera parte (la comunidad política) una misma cosa separada en el relato pero necesariamente confundida en lo real? ¿No hemos convertido el acto constitutivo y originario de la sociedad políticamente organizada en un imposible lógico e histórico que, sin embargo, resuelve –porque usurpa- el lugar de lo político: el proceso constituyente de una comunidad política? Esta anterioridad posterior de la parte (segunda) que contrata consigo misma (primera) es reveladora: la comunidad política está ya dada (segunda parte) pero aparece como el resultado del contrato (tercera parte). Lo que oculta esta sustitución y resuelve la narración es fundamental: ni más ni menos que la política, por un lado, y el conflicto, la diferencia y la imposible unidad de la totalidad social, por el otro. Si la lectura que aquí estoy haciendo fuese marxista[2] (ahora me refiero al alemán), habría que decir que aquello que separa y hace imposible la unidad de todos los sujetos contratando consigo mismos (la imposible totalidad de lo social) es, precisamente, aquello que ya los está constituyendo como unidad sin que se note: sí, claro, me refiero al dinero, los mercados y las mercancías, la economía y las diferencias sociales en torno a ellos. Esto, que queda eludido en la narración, deja aparecer en su lugar un quid pro quo (¡el desenlace del relato!) por el que la parte se hace milagrosamente todo mediante un único acto político: el de la constitución o pacto social. Dicho con menos palabras: el de la representación (y, ya sabéis lo que se cantaba por Sol: ¡que no, que no, que no nos representan!).

El caso de Hobbes, por seguir con otro lugar originario de la semántica política moderna, no es del todo distinto: estado de naturaleza, hombres lobo, monstruos veterotestamentarios y, sobre todo, miedo. Si un miedo prepolítico funda la necesidad del Estado –y la política- en Hobbes, cabría preguntarse por las razones o la naturaleza de ese miedo. De nuevo, esas razones son eludidas (o naturalizadas, que para el caso es lo mismo) y sustituidas por el recurso a la ficción: el estado de naturaleza, los hombres lobo a punto de devorarse, la posibilidad del robo, la agresión y la lucha de todos contra todos. Pero, claro, al leer la narración que hace Hobbes de ese estado de naturaleza y del consiguiente miedo que genera, uno no puede más que preguntarse si no se está llevando a la narración una forma de conflicto social y no natural o antropológico, bastante histórico y situado, y del que la sociedad moderna, con sus incipientes mercados, divisiones del trabajo y enfrentamientos múltiples en torno a ella, sirve de planteamiento oculto o negado (estado de naturaleza) para el posterior nudo (representación política) y desenlace (Estado-Leviatán)[3].

Una mano invisible que armoniza los opuestos y suspende el conflicto de intereses y posiciones sociales (ficción liberal); un crecimiento ilimitado que resuelve en el tiempo lo que en el presente aparece como antagonismo (ficción o mito del progreso); un derrumbe necesario de lo económico engendrando su propia contradicción y superación (la ficción del comunismo); un Estado en perpetuo crecimiento que resuelve el antagonismo social mediante el trabajo y el consumo como destino (ficción del estado del bienestar); un como sí  donde la justicia armoniza libertad e igualdad para mayor gloria de la democracia representativa (la ficción hipotética de Rawls); un si ya lo sé propio de la razón cínica que acaba dejando intacta una realidad en la dice no creer (la ficción cínica, esa que, a juicio de Sloterdijk, define la ideología contemporánea)… distintas formas de recurrir a un relato que resuelve, porque suspende, un conflicto inasumible, precisamente el que obligaría a la acción política, que queda así neutralizada.

Es importante volver a señalar que, a diferencia de no pocos movimientos políticos e ideológicos, no creo que lo que se engloba en el 15-M tratara de oponer a las tramas que circulan en el mercado ideológico otros relatos, superiores, más entretenidos o mejor hilados, sino de rechazar las estructuras narrativas mismas que colonizan toda acción política. Y esto marca la diferencia: frente al progreso como trama no se opuso la igualdad, frente a la libertad de mercado la intervención del Estado, frente al progreso el decrecimiento, por ejemplo. No creo que hubiese un contenido ideológico definido en el 15-M porque no creo que fuese cuestión de inventar una ficción superior o más ajustada al presente. Hubo, creo, acción y cuestionamiento de la actual imposibilidad narrativa de la acción. O, dicho de otra manera, separación entre ficción e historia, poética y política. Una separación que cortocircuita la posibilidad de resolver, más bien suspender, en el espacio de la ficción (la representación, nunca mejor dicho), el conflicto (sí, claro, el de la estructura social capitalista). 

Es esta reivindicación de la política sin la pulsión de eludirla lo que, a riesgo de juzgarlo o reducirlo en complejidad y riqueza, definió la potencia y la novedad del 15-M, y lo que permite comprender su grandeza (su insistencia en la democracia como práctica y ética y no como meta; la inclusión irrenunciable del otro sin el recurso a una estructura formal que lo desactive; su renuncia explícita al miedo -al otro, a la pérdida, al enfrentamiento, al futuro, a la policía…- como afecto prepolítico; la politización de los espacios y las formas de comunicar; la anteposición de la ética a la pragmática…), así como sus límites: ¿una vez rechazado el recurso a la ficción como mecanismo de elusión del conflicto –antagonismo, decíamos antes- qué hacer? ¿Es posible una política sin representación?

Es significativo que desde que el 15-M irrumpió –y no de la nada, se llevaba fraguando tiempo aunque no fuese previsible- los medios de comunicación, los partidos y las instituciones le preguntaran a este movimiento –y se preguntaran- qué se reivindica, qué se pide, quiénes y cuántos son y, sobre todo, a dónde va, qué va a generar, qué cambios y en qué dirección… Creo que era Foucault, pero poco importa si fue otro, el que decía que el poder es ese que pregunta quién eres, el que interroga sobre el relato de tu identidad. Tengo la sensación de que el 15-M no tuvo prisa por saber quién era y cuál era su identidad, ni, por tanto, cuál es el relato que mejor se adapta a su historia o a su anhelo. Se definió, probablemente, desde un vacío que, lejos de colmarse rápidamente con definiciones y narraciones, se aceptó como tal. Acaso ese vacío le definió desde la negación (sé lo que no quiero) y le llevó a una política axiomática: desde esa negación de lo que no quiero (que es mucho más que mera indignación, aunque sin duda el afecto es originario) puedo, quizá, construir sin eludir el sentido de lo construido, hacer política sin recurrir a relatos que la neutralicen. No son pocos los que piensan que ese origen contra-narrativo, inmanente y profundamente horizontal fue necesario, fundamental y quizá único, pero que es ya momento de construir a futuro, pensar en estrategias, incluso narraciones. Probablemente sea necesario, pero quizá convenga no olvidar de dónde vino todo aquello.

Veremos, un año después.



[1] José Luis Pardo, “Esto no es música”, Galaxia Gutenberg, 2007.

[2] Y dado que esta abiertamente basada en la lectura que hizo Althusser de Rousseau, todo apunta a que lo es.  

[3] Y algo dijo al respecto Macpherson en su Teoría del individualismo posesivo.

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